Cuando una persona carece de autovaloración y no se identifica con sus propias raíces, se vuelve susceptible a imitar a otros y a adoptar actitudes que no le son propias. Esta misma realidad se aplica a las naciones. Aunque no lo pensemos a menudo, los países se comportan como individuos a través de las costumbres y los rasgos de personalidad compartidos por su gente.
Si la mentalidad colectiva de una nación se inclina hacia el autodesprecio y la falta de aprecio por su propia identidad, ese país, al igual que una persona, ya está en un estado de decadencia, sin importar que sus ciudadanos sigan vivos.
Por lo tanto, cultivar un orgullo común y una apreciación genuina por lo que somos es fundamental para la experiencia de vivir en nuestra nación. Debemos preservar nuestro país como si fuera nuestro propio ser, cuidándolo y valorándolo como parte esencial de nuestra existencia.
En Estados Unidos de América, la mayoría de los trabajos generan suficiente dinero para costearse las cosas básicas de la vida, incluyendo un viaje hacia aquí o allá. Por lo tanto, no es necesario realizar actividades riesgosas para ganarse la vida, a pesar de que estas paguen más que la mayoría de las ocupaciones. Sin embargo, desde la escuela a los niños se les enseña que Estados Unidos es el preservador de la paz mundial junto con sus aliados, mayormente europeos. En Japón, por su parte, existe la percepción de que para tener un país organizado, la limpieza es primordial; ya que, si el país es organizado, yo también lo soy como consecuencia.
Ser patriota hace que estemos más predispuestos a luchar por el bien común, ya que el país es NUESTRO y, si decae, también decaemos nosotros. Como consecuencia, hay que proteger lo que lo hace especial entre todos.
